Historias de una ciudadana Mexicana

Por: el 6 Marzo, 2017

“Nací en Tijuana, Baja California, México. Una ciudad fronteriza de sueños y suelos accidentados, que se aferra y crece acorralada entre piedras gigantes, bosque, desierto y mar; donde puedes apreciar cómo se filtran las culturas desde y hacia un país vecino (de un país “desarrollado” a otro en “vías de desarrollo”, y viceversa)”.

Me tocó crecer en esta zona híbrida culturalmente, entre los recovecos de los límites impuestos en forma de una “barda” de metal y de concreto, en donde las políticas de “cooperación internacional” insisten en acentuar las diferencias y reforzar los obstáculos físicos como si eso detuviera el instinto natural de migrar.

Nacer y crecer en la frontera obliga a cuestionarse muchas cosas entorno a la movilidad, a la igualdad y al respeto, por ejemplo: ¿Algún día aceptaremos nuestro instinto nómada? ¿Ése que nos obliga a desplazarnos en busca de un sueño, que no necesariamente es “el sueño americano”, un sueño que está más relacionado con nuestro ánimo de sobrevivir que con las ganas de iniciar una vida en un entorno distante y distinto al terruño?

Hasta hace poco empecé a entender el sentido que se le da a la palabra activista. Aunque nunca me he considerado como tal, ahora entiendo que para algunos eso es lo que soy, una activista. Aceptar ese calificativo sólo ha sido posible con el pasar de los años, entendí que la realidad que me tocó vivir en mi querida Tijuana tiene que ver con sus características de ciudad fronteriza, y que mi personalidad no da para limitarme a observar y quedarme con los brazos cruzados ante situaciones que no estoy de acuerdo.

La violencia que se desató hace algunos años fue lo que me provocó. Una serie de situaciones que cambió por completo la dinámica de la ciudad fue suficiente para obligarme a participar. Aunque en ese entonces no tenía claro todo lo que de ahí se iba a desprender, fue así, que sin buscarlo, desde hace varios años, para ser exacta doce años, me he involucrado en distintas iniciativas ciudadanas que han procurado mejorar las oportunidades y condiciones en las que viven las personas de esta y otras ciudades de mi hermoso México. Sin querer queriendo, como dice el famoso personaje de El Chavo del ocho, he aprendido mucho de mi país y, tristemente, he sido testigo de los grandes vacíos que hay entre lo que debe ser y lo que es.

Como algunos imaginan, decir lo que piensas puede ser suficiente para ponerte en riesgo. Sin embargo los medios digitales pueden hacer eco de lo que persigues.

Entre basura, residuos y desechos.

 Recuerdo bien los últimos meses del 2007, fue el año donde la “ola de violencia” llegó con la fuerza de un tsunami. Arrasando con las relaciones de confianza entre los tijuanenses. Llevándose consigo la armonía que yo siempre había sentido en mi  ciudad.

Seguramente muchos, como yo, fueron testigos de cómo cambiaron radicalmente las formas en que habíamos convivido  Tijuana, siendo una ciudad con una vida nocturna destacada, donde en algún momento existió lo que se conoció como la barra más grande del mundo, dejó de ser un lugar de esparcimiento para convertirse en un campo de batalla.

En ese entonces me encontraba en plenas vacaciones de invierno y tuve el tiempo para enterarme de lo que sucedía, o al menos lo que los medios de comunicación compartían. En las noticias no dejaban de anunciar las múltiples escenas de violencia que no eran muy distintas a las peores películas de terror: cuerpos decapitados con narcomensajes, cuerpos colgados en los puentes de las principales vialidades (donde los pies llegaban a la altura del parabrisas y manchaban de sangre las ventanas y techos de los carros), bolsas de basura con cabezas y otras extremidades, no siempre de la misma persona, entre otras escenas que no eran muy distintas a las producciones holiwoodenses (por eso no veo películas violentas, ya vi suficientes escenas en la vida real). Como referencia, en ese año y hasta la fecha, es prácticamente imposible tener acceso a datos duros oficiales, que provengan de una institución de seguridad pública. Los datos disponibles, según fuentes no oficiales, se encuentran en un rango de entre 248 y 310 homicidios durante el 2007, sin considerar la cifra negra (delitos no denunciados).

El cambio de gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al Partido Acción Nacional (PAN) dejó ver los pactos entre las instituciones públicas, la iniciativa privada y el narco.

Entre otras cosas, fue la suspensión del servicio de recolección de basura lo que me hizo “actuar”. ¿Y qué tiene que ver la recolección de basura con la violencia? Tiempo después lo entendí, aunque en ese momento puedo decir que fue una reacción, más un instinto que una respuesta, en ese proceso me di cuenta de que hemos distorsionado los conceptos de público y privado.

Ver noticias donde la “basura” sumaba a la desconfianza entre las personas fue algo que no tenía sentido para mí. Yo no podía concebir que los residentes de estas comunidades no fueran capaces de ver que los deshechos que generaban la molestia, eran producidos por ellos mismos todos los días. Lo que abonaba a incrementar la molestia. Durante varias semanas, la apatía ciudadana se vio reflejada en la creciente acumulación de residuos en las calles de Tijuana.

Eso fue el inicio de una aventura. Lo que para algunos era basura, yo lo vi como una oportunidad. Para mí no dejaban de ser recursos mal aprovechados. Así como todos aquellos habitantes que olvidaron ser ciudadanos, individuos desaprovechados por la sociedad.

 Supongo que tiene que ver con la educación que se recibe en casa, a mí me inculcaron ayudar siempre que pueda. O tal vez tiene que ver conmigo, con mi esencia más que con mi formación y contexto.

En tanto se inundaban las calles de sangre, yo procuré hacer lo posible por transformar el espacio y la forma en que las personas se relacionaban entre sí. Mientras otros sembraban terror, yo empecé a sembrar árboles.

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P.V. Daniela Sepulveda.

Fotos. Daniela Sepulveda.

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