Una mirada marica en La Paz

Por: el 29 junio, 2017

Me encuentro en La Paz, la capital administrativa del país. Aquí reside la totalidad del poder ejecutivo. Cada vez que salgo a caminar por las calles paceñas, que muchas veces, mejor dicho todas veces, me dejan sin aliento, me quitan la respiración y me agitan a un nivel tortuoso. Los casi cuatro mil metros de altura me hacen gemir como un perro homosexual pasado de peso, por eso debo parar y tratar de recuperar no sólo la respiración sino también el alma marica.

Muchas de las plazas y  muchos de los monumentos en La Paz están vestidos y travestidos de diversidad, han colocado la bandera del arcoíris en el paseo de El Prado, en la defensoría del pueblo, en la estatua del Mariscal Sucre, en el edificio de la alcaldía y hasta en la Plaza Murillo, en frente del palacio de gobierno de Evo Morales.

Mientras camino conversando con un amante de turno, que hace de guía turístico, voy siendo testigo de ese inmoderado acto de diversidad en la ciudad. La gente pasa una y otra vez sin tomar el mínimo de atención a la bandera gay flameando sobre sus cabezas, pienso que la deben confundir con la wiphala, la bandera de los pueblos indígenas, o con cualquier otra cosa que no tenga relación con la diversidad sexual. Sería tan difícil hablar de diversidad desde otro enfoque que no sea el que representa esa bandera, que fácilmente puede flamear al lado de la estatua de algún héroe tirano de la historia boliviana, al lado del lujoso palacio de gobierno del presidente o cualquier otro lugar, evidenciando que los movimientos LGBTs en este país han entregado la “diversidad” en bandeja de oro a un sistema plurinacional acrítico como un cliché más, una palabra bonita más para incluir en el discurso, un término más para vomitar leyes minúsculas, mal hechas, y que benefician a las intenciones de proselitismo y de cooptación de un gobierno represor: un gobierno que construye carreteras en medio de parques nacionales, que reprime indígenas, que manda a gasificar a personas con discapacidad, etc.

Siempre me pregunto qué tan válido es entender a la diversidad sexual como una consigna que sólo busca derechos y leyes retóricas, como si se tratase de una enfermedad corrosiva de los colectivos, comunidades y movimientos que dicen representar a los LGBTs. Por eso he llegado a la atropellada conclusión de que no me siento representado por ellos, una banda de activistas mercenarios que luchan por quitonearse una visibilidad precaria, que aplauden de pie la inclusión de un diputado maricón en el Estado, como si eso significara una reducción en los parámetros de corrupción, homofobia y de violencia por dentro del mismo.

Por eso amo sentirme por fuera de la ley, amo cultivar mi sexualidad acostándome con un jovenzuelo marica que escucha con rareza todo lo que sale de mi boca, amo revolcarme en la cama una y otra vez en la clandestinidad sexual, allí donde realmente se lucha, no por una ley ni por un derecho, sino por sobrevivir. Por eso amo subvertir el llamado “ambiente” gay para invadir espacios donde se supone que no estoy permitido.

Sospecho de la defensoría del pueblo que gasta presupuesto en campañas de papel cuché a full color, y en memes coloridos para las redes sociales pero no para hacer seguimiento a los casos de violencia homofóbica en el servicio militar obligatorio. Sospecho de la ley de identidad de género, que debería llamarse programa de carnetización de personas trans, que fue promulgada el año pasado mientras las personas con discapacidad eran impedidas de entrar a la plaza Murillo, y que no llega hasta los estratos más bajos de la población, allí donde la mayoría de las compañeras se encuentran en situación de prostitución callejera. Sospecho de la importancia de la ley porque no incluye a las personas trans menores de edad, y me hacen imaginar a decenas de chicas trans en el colegio, empezando su transición de identidad dispuestas a dejar la escuela para no sufrir las ofensas de sus compañeros y profesores, destinadas a sumergirse en la marginalidad social, allí donde las leyes no llegan ni queriendo, y con ello el sistema de salud, el de trabajo, y menos el de vivienda. Sospecho de la participación del alcalde Luis Revilla en la marcha marica, porque carga una intensión proselitista y utilitaria de las identidades para camuflar intereses políticos. Sospecho del Consejo ciudadano de diversidades sexuales de La Paz, que en cuatro años de existencia no cuenta con un presupuesto significativo para hacer nada, simplemente para el adornado colorido del paso de cebras y el colgado de banderas del arcoíris. Sospecho de los paladines LGBTs, los voceros oficiales del Colectivo TLGB y la Coalibol, que se pasean por cuanta conferencia de prensa pueden, y que viven peleándose por una visibilidad política y mediática precaria, miserable, y llena de discursos forzados que al fin y al cabo siguen siendo verticales y hegemónicos.

Por eso y por otras varias razones, creo en la sexualidad no como una excusa para generar agendas políticas de un partido de izquierda o de derecha, ni para nutrir con mi homosexualidad un sistema que está podrido, sino todo lo contrario, estoy en contra del uso de las identidades para camuflar intereses partidarios, y estoy convencido que desde la sexualidad se puede seguir incomodando, desde la transgresión estética, desde la trituración de los convencionalismos del género, desde la valentía para construir y repensar nuevos horizontes de lucha, sin ocultar nuestras protuberancias y nuestros orificios cargados de emancipación y desobediencia marica.

Christian Eguez, es activista integrante de Marica y Marginal. Performista y disidente sexual. 

About Christian Daniel Eguez

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