El límite de la ciudad de los anillos

Por: el 1 noviembre, 2017

La ciudad oculta muchos males y realidades, tal es el caso de varios asentamientos de drogodependientes en pleno cordón ecológico, y una comunidad que yace más de 20 años dentro de esta reserva, todo esto se contrasta con mucha  basura que se evidencia en los riachuelos que desembocan al río Piraí.

Luego de un partido de fútbol por la tarde a lado del cordón ecológico de la ciudad cruceña,  cuarto anillo, frente a Multicenter, me dispuse a averiguar qué había tras los arbolitos que mucha sombra dan ante un juego de 20 minutos por lado.

Empecé a recorrer por las sendas que tiene el cordón y de repente una persona se me cruza en el camino y con voz algo difuso me dice -cómo es mayfriend. Lo saludo -cómo anda querido, aquí paseando  por estos lares. Me percato de dónde había salido y evidencié unas casitas improvisadas, un par de personas cocinando y otras más que estaban seleccionando unos fierros y chatarras que según era el producto del trabajo del día  para  vender. Claramente la persona con que me topé era un drogo dependiente, el cual muy amablemente conversó conmigo.

Conversando con Federico (el hombre que me intersectó), me comenta que  viven hace más de 5 años ahí, así como ellos hay muchos más en toda la ladera,  cada vez buscan espacios dentro del cordón para establecerse o al menos sobrevivir. Añade que la alcaldía los saca y nuevamente vuelven, porque no tienen dónde ir. Ellos se  ganan la vida recolectando basura, chatarras, la venden y les alcanza por lo menos para comer y comprar su vicio. También  comentó que siempre hay alguien que no se porta bien y por causa de unos terminan pagando todos.

Mirando más a fondo de la comunidad, cerca el canal que desemboca al Piraí, me percaté la inmensa cantidad de basura que llega y se detiene en esta área protegida. Bueno eso también resulta de una escasa cultura ciudadana, donde la mínima bolsita tirada en la calle repercute como una bola de nieve de los miles de ciudadanos que generan esa realidad, ni qué decir de los micro basurales que se crean a lado de los canales, en fin, me despedí de Federico, el cual muy amablemente me preguntó cuándo volvía a conversar con él. Debo confesar que dentro de esas taras de prejuicios, al ver al individuo acercarse a mí, me entró algo de miedo, pensé que me iba a asaltar (una hipótesis nula del pensamiento).

Seguí caminando,  de repente unas gradas de ladrillo  bajaban al riachuelo y volvían a subir al otro extremo. Decidí pasar al otro lado y encontré toda una comunidad con muchas familias, parecía un pueblito muy alejado de la ciudad, casitas de maderas, una cancha, personas pasaban por mi lado con miradas desconfiadas, examinándome, me puse nervioso, decidí seguir caminando, la realidad era totalmente ajena a la primer comunidad   que me había topado, estos estaban bien organizados, no eran drogodependientes ni nada por el estilo, sino más bien familias que viven hace más más de veinte años en esa zona. Vi un señor mayor que estaba hamaqueándose con su música en volumen alto, me acerqué a saludarlo, el señor se paró inmediatamente, apagó su equipo de sonido, y me dijo, -Buenas tardes joven, ¿qué se le ofrece?, en ese momento entendí que sí podía conversar con él,  me presenté. Hablamos, me dijo que se llama Francisco, tiene  82 años de edad. Esos datos fueron naturales, el señor empezó indicándome su nombre y edad, me contó que lleva más de 14 años viviendo en esa comunidad llamada “Final Villa Busch”, él había llegado a una casucha que un amigo le había regalado, llegó sólo, meses antes se había separado de su esposa, sus hijos ya eran independientes y decidió vivir ahí. – Vivo feliz y tranquilo, tengo mi renta dignidad y soy jubilado. Indicó.

Varias gallinas, una sombra espectacular bajo un cupesí,  su casa y por supuesto la hamaca. Le agradecí por su tiempo, luego me fui.

Un poco de nervios a cada paso, ya que algunas mujeres que pasaban por mi lado murmuraban en voz alta –Para qué van a preguntar a ese viejo, deberían ir donde la dirigente.

Entendí que la gente vive susceptible, ya que es prohibido que existan asentamientos en pleno cordón ecológico, sin embargo esos más de 20 años que habitan como una aldea y comunidad, les ha hecho ser el límite de ese monstruo de “desarrollo” que crece y se denominado ciudad.

Comunidad de drogodependientes.

Parte de la comunidad “Final. Villa Busch”, tienen una cancha de fútbol, son alrededor de 50 familias.

Pv. Juan Pablo Sejas.

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